por Mundo Dinero
Argentina dejó escapar un negocio millonario: ¿renace el biodiésel?
Durante años, el biodiésel argentino pareció tener todo para convertirse en una gran fuente de dólares: abundancia de soja, capacidad de molienda, plantas cerca de los puertos del Paraná y una demanda global que empezaba a crecer. Sin embargo, ese negocio se frenó entre barreras externas, decisiones regulatorias internas y falta de previsibilidad para invertir.
Ahora la oportunidad vuelve a aparecer. Europa, Estados Unidos, África, América Latina y, sobre todo, los nuevos combustibles sustentables para aviación y navegación pueden abrir una etapa distinta. Pero negocios son negocios: sin reglas claras, competencia e inversiones de largo plazo, el potencial seguirá siendo apenas potencial.
Primero, una aclaración: biodiésel no es lo mismo que bioetanol
Cuando se habla de biocombustibles, suelen mezclarse dos industrias diferentes:
- Biodiésel: se produce principalmente a partir de aceites vegetales, en la Argentina sobre todo aceite de soja. Funciona como sustituto o complemento del gasoil.
- Bioetanol: se produce a partir de maíz y caña de azúcar. Se utiliza como sustituto o complemento de las naftas.
La Argentina tiene una posición particularmente fuerte para desarrollar ambos negocios. Produce soja, maíz y caña de azúcar a gran escala, y además cuenta con una de las cadenas de procesamiento de soja más importantes del mundo.
Soja, maíz y caña de azúcar son la base de una oportunidad de mayor valor agregado.
La idea original era simple: en lugar de limitarse a exportar materias primas o aceites, el país podía transformar una parte de esa producción en energía, venderla al mundo y capturar más valor dentro de la economía local.
La promesa exportadora que parecía inevitable
A comienzos de este siglo, luego de la salida de la convertibilidad, las exportaciones argentinas ganaron competitividad. La soja dejó de ser un producto marginal y pasó a convertirse en una de las principales fuentes de divisas del país.
El biodiésel parecía llamado a recorrer la misma autopista. Había una ventaja difícil de ignorar: integración productiva. La secuencia podía realizarse localmente, desde la producción de soja y su molienda hasta la obtención de aceite, la fabricación de biodiésel y la exportación desde terminales sobre el río Paraná.
Grandes compañías agroindustriales comenzaron a mirar el negocio. Se desarrollaron o proyectaron iniciativas vinculadas con Vicentin, Cargill, Louis Dreyfus, Molinos Río de la Plata, COFCO, Renova, Patagonia Bioenergía y Vilucó, entre otras.
La expectativa era enorme: inversiones de millones de dólares, contratos internacionales de abastecimiento y una Argentina capaz de competir con Brasil por un lugar de liderazgo mundial. Vicentin, en particular, avanzó con una planta en San Lorenzo y aspiraba a consolidarse como un actor central en la exportación hacia Europa.
Pero la promesa duró poco. El boom existió, aunque tuvo una vida efímera.
La Ley 26.093 y el comienzo del mercado regulado
Un punto de inflexión fue la Ley 26.093, sancionada en 2006. La norma creó un régimen de regulación y promoción para la producción y el uso sustentable de biocombustibles.
El esquema inicial establecía cortes obligatorios que debían comenzar en 2010:
- Un corte del 5% de biodiésel en el gasoil.
- Un corte del 5% de bioetanol en las naftas.
El régimen original fijó un corte obligatorio de 5% de biodiésel en el gasoil.
El problema no fue solamente que existiera una regulación. El punto central fue el modelo que se terminó consolidando para el mercado doméstico: cupos, precios administrados y una reserva para pequeñas y medianas empresas y cooperativas.
En la práctica, las grandes plantas orientadas a exportar quedaron fuera de la provisión local, mientras que las empresas habilitadas para vender dependían de un precio construido periódicamente por la Secretaría de Energía.
Por qué el negocio se frenó
El retroceso del biodiésel no tuvo una única causa. Fue la combinación de varios frentes abiertos al mismo tiempo.
Conflictos con mercados clave
La relación con Europa se deterioró tras la renacionalización de YPF en 2012 y la salida de Repsol. España impulsó restricciones que afectaron la entrada del biodiésel argentino al mercado europeo, justo cuando se esperaba que ese destino fuera uno de los grandes motores de la expansión.
También aparecieron denuncias de dumping y subsidios por parte de mercados de destino. Para los productores argentinos, esos argumentos funcionaron como barreras proteccionistas que limitaron el acceso a plazas decisivas.
La Argentina no abandonó por completo la batalla exportadora. En Europa logró sostener cierta presencia, aunque con condicionamientos y nuevas exigencias ambientales. Estados Unidos, en cambio, siguió siendo una batalla perdida en un mercado de tamaño enorme.
Falta de confianza para inversiones de gran escala
Una industria de biocombustibles competitiva requiere capital intensivo, tecnología, logística y contratos de largo plazo. Para invertir millones de dólares, las empresas necesitan certidumbre. Y si esa certidumbre no aparece, la inversión se posterga.
La percepción de riesgos financieros y regulatorios en la Argentina también frenó proyectos. Muchas plantas quedaron en los planes, otras se concretaron parcialmente y el salto de escala que se esperaba nunca terminó de producirse.
Un mercado interno poco competitivo
La crítica más fuerte al esquema local es que terminó protegiendo a las plantas menos eficientes. Si el precio se calcula de modo que todos los proveedores habilitados puedan vender, incluyendo al menos eficiente, el costo final crece y lo paga el consumidor.
Así se produjo una paradoja: plantas exportadoras más grandes y potencialmente más eficientes podían estar paradas, mientras el abastecimiento interno quedaba concentrado en instalaciones de menor escala con cupos y precios regulados.
El resultado fue un mercado interno más chico, menos competitivo y con menor incentivo a realizar inversiones tecnológicas de calidad.
La oportunidad vuelve: más demanda y nuevos combustibles
El panorama internacional está cambiando. El mundo busca reducir el uso de combustibles fósiles, y algunos sectores donde la electrificación es más compleja, como la aviación y el transporte marítimo, necesitan alternativas líquidas de menor impacto ambiental.
Allí aparece una oportunidad que no conviene dejar pasar: los biocombustibles más sofisticados, incluido el combustible sustentable de aviación.
La aviación y la navegación pueden impulsar una nueva demanda de combustibles renovables.
La demanda global de estos combustibles podría crecer de manera exponencial. No se trata solo de exportar biodiésel como se hacía antes, sino de prepararse para una nueva generación de combustibles sustentables destinada a aviones y buques.
En este escenario, el país vuelve a tener activos concretos:
- Disponibilidad de aceite de soja para biodiésel.
- Producción de maíz y caña de azúcar para bioetanol.
- Capacidad industrial y logística vinculada a la agroindustria.
- Puertos y terminales exportadoras ya integrados a la cadena de valor.
Mercosur, Europa y Estados Unidos: mercados que importan
La reapertura de oportunidades comerciales es uno de los motivos por los que el biodiésel vuelve a estar sobre la mesa. El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea incorpora condiciones favorables para las ventas de biodiésel de la región al bloque europeo.
Brasil tuvo un rol importante en esa negociación. Como productor relevante de biocombustibles, empujó la inclusión de este capítulo y ayudó a mantener abierto un canal para que el producto sudamericano pueda ingresar a Europa.
También se menciona la posibilidad de que el biodiésel argentino acceda al mercado estadounidense sin aranceles, además de una eventual expansión hacia África y América Latina. Son mercados que podrían ampliar la demanda, siempre que la Argentina tenga producción competitiva, escala y previsibilidad para cumplir contratos.
Brasil entendió el negocio antes
Brasil lleva décadas recorriendo el camino de los biocombustibles. Su experiencia con el etanol viene desde la época de la alconafta, y eso le permitió desarrollar industria, consumo interno, tecnología y reglas más estables.
Hoy Brasil utiliza mezclas mucho más altas que la Argentina. Puede emplear hasta 100% de etanol en determinados automóviles, tiene cortes de etanol superiores al 25% y un corte de biodiésel del 15%.
La diferencia no es solamente un porcentaje. Es una visión de política industrial y energética. Brasil aumenta los cortes, expande el uso de biocombustibles y, sobre todo, intenta dar señales a los empresarios para que inviertan.
En la Argentina, los cortes se mantienen en valores más bajos y el sistema interno sigue atado a un diseño regulatorio que, según los productores, desalienta la competencia.
El costo no se mide solo en el surtidor
Es cierto que algunos biocombustibles pueden tener un costo directo mayor que los combustibles fósiles. Pero mirar solo ese número puede llevar a una conclusión incompleta.
La comparación es parecida a la de un auto con airbag frente a otro que no lo tiene. El primero puede costar más, pero ofrece otra prestación. En los biocombustibles, las prestaciones que entran en juego incluyen menores emisiones de gases de efecto invernadero, menor contaminación y menos humo.
También existe un efecto económico sobre la agroindustria. Transformar parte de la producción agrícola en energía genera demanda adicional para el campo y la industria. En el caso del aceite de soja, utilizar una parte localmente como insumo energético puede influir sobre la valorización de un producto en el que la Argentina es un jugador relevante.
Es una discusión de externalidades, de seguridad energética, de valor agregado y de estrategia exportadora. No solamente de cuánto vale un litro hoy.
Qué debería cambiar para que el biodiésel renazca
La discusión pasa por una nueva ley de biocombustibles. Hay un proyecto en el Congreso que propone volver a una lógica de mercado competitivo, con incentivos para nuevas inversiones y con una mirada hacia los combustibles renovables de próxima generación.
El objetivo sería desmontar un sistema de cupos y precios administrados que terminó cerrando el mercado, y reemplazarlo por otro donde puedan competir empresas eficientes, sin perder de vista la transición que deberán hacer los actores actuales.
El cambio no será sencillo. Quienes hoy operan con cupos y precios regulados tienen razones para resistir una modificación que los obligaría a adaptarse e invertir. Pero esa resistencia forma parte del debate de fondo: decidir si se sostiene un esquema protegido o si se construye una industria preparada para competir.
Para aprovechar la oportunidad, harían falta al menos cuatro condiciones:
- Una norma moderna y previsible que reemplace regulaciones que desalientan la escala y la competencia.
- Reglas duraderas que permitan justificar inversiones millonarias en plantas, tecnología y logística.
- Un mercado interno competitivo que favorezca eficiencia, mejores precios y mayor calidad.
- Una estrategia exportadora para aprovechar la demanda de biodiésel, bioetanol y combustibles sustentables para aviación.
Más valor agregado y menos dependencia de combustibles importados
La discusión tampoco se limita a las exportaciones. La Argentina exporta petróleo, pero no cuenta con capacidad de refinación suficiente para abastecer completamente su consumo de naftas y gasoil. Por eso debe importar combustibles refinados.
Construir nuevas refinerías demanda inversiones gigantescas. En ese contexto, reemplazar una parte de los combustibles importados por biocombustibles producidos localmente aparece como una alternativa con varios efectos: agrega valor en origen, reduce necesidades de importación y fortalece cadenas agroindustriales locales.
La materia prima ya existe. El desafío es convertirla en una oferta energética de escala, con estándares ambientales, eficiencia y capacidad de abastecer mercados exigentes.
El aceite de soja permite transformar una ventaja agroindustrial en combustible con mayor valor agregado.
La gran pregunta: ¿puede volver a ser un negocio millonario?
La industria existe, genera empleo y cuenta con una base productiva muy valiosa. Pero todavía está lejos de su verdadero potencial.
La oportunidad de volver a exportar millones de dólares no es una utopía. Está ligada a mercados reales, a una demanda creciente por energía renovable y a una agroindustria que ya posee los insumos necesarios. La posibilidad de producir más biodiésel, más etanol y combustibles sustentables para aviación está sobre la mesa.
Lo que falta no es soja, maíz, caña de azúcar ni capacidad empresarial. Falta que la Argentina se ponga de acuerdo sobre cómo quiere jugar este partido.
Si se ordenan las reglas, se atrae inversión y se permite competir, el biodiésel puede dejar de ser el negocio millonario que el país dejó escapar y pasar a ser una industria pujante, capaz de aportar energía local, empleo, exportaciones y dólares.
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Fuente: NEGOCIOS SON NEGOCIOS. Canal Mundo Dinero. Link:
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