Si hay algo que los argentinos han aprendido sobre economía a lo largo de los años es que cuando el valor del dólar tiende a subir hay que preocuparse por su impacto inflacionario. Pero cuando tiende a bajar, también hay que preocuparse, aunque esta vez, por lo que se entiende como atraso cambiario y sus efectos sobre la competitividad de la producción de bienes transables, que restringen las posibilidades de acceso a mercados de exportación.

Así, determinar el valor justo del tipo de cambio y lograr que se sostenga en el tiempo se parece bastante a encontrar la fórmula de la estabilidad económica, necesaria para el crecimiento. Entre los agentes económicos y analistas de mercado hay pocas dudas en la actualidad acerca del relativo atraso cambiario que tiene el peso frente a las principales divisas.

Además, tras la salida del default hace casi dos meses, se acabó la restricción externa y la Argentina empezó a ser captado nuevamente por el radar de los inversores. Estos observan aún con cautela pero motivados por la gran liquidez que hay en un mundo con tasas de retorno muy bajas, incluso cercanas a cero en Estados Unidos y Europa, y a la vez, por las oportunidades que ofrece hoy la economía nacional.

En este contexto, para la Argentina el escenario actual es de afluencia de dólares y no de escasez. La inquietud crece en el Gobierno ante la tendencia del peso a apreciarse, mientras las estimaciones privadas ubican el valor del dólar entre $15,30 y $15,80 a fin de año.

En este escenario, además, el Gobierno se enfrenta a una trampa: si compra dólares para que no siga cayendo el tipo de cambio real, se incrementaría la cantidad de pesos en circulación y se necesitarían más instrumentos de absorción de efectivo para evitar que esos pesos vayan a los precios. Por otra parte, el público minorista no dispone de excedentes como para comprar divisas y los grandes operadores aprovechan las ventajas que les ofrece el mecanismo de comprar letras del Banco Central al 32% anual, en promedio, y luego recomprar “dólar futuro” con fuertes ganancias.

Un comienzo caliente El gobierno de Mauricio Macri asumió el 10 de diciembre con un dólar oficial a $9,70, aunque, en realidad, por entonces había varios tipos de cambio que seguían los agentes económicos, pero tres principales. A la par del dólar oficial estaba el marginal o blue, que llegó a cotizar a $16 en septiembre pasado; y el llamado “contado con liqui”, estacionado en el medio de ambos, en torno a los $14,50.

La unificación del mercado cambiario el 16 de diciembre empujó el tipo de cambio a $13,30, llegó a estar a $15,90 a comienzos de marzo y hoy ronda los $14, con una tendencia a la baja y sólo sostenido por las compras que a diario realiza el Banco Central y otros bancos oficiales. “Entre mayo y los primeros 10 días de junio el BCRA adquirió casi US$2.000 millones, la mayor intervención desde 2010, mientras que el tipo de cambio bajó 3,2%, perforando los $13,80, el nivel más bajo desde el 25 de enero”, asegura un reciente informe de la consultora Analytica.

“Como consecuencia de una tasa de inflación elevada y una política cambiaria con intervenciones acotadas, el tipo de cambio real bilateral (TCR) contra el dólar se desplomó un 20,5% desde el pico alcanzado después de la devaluación (1/03)”, señala un informe de FyE Consult. El estudio aclara, además, que este retroceso implicó “un ritmo de deterioro mayor al observado en la misma cantidad de días posterior a la devaluación de Fábrega-Kicillof (11,4% desde el pico del TCR observado en 2014)”.

Hernán Hirsch, director ejecutivo de FyE, destaca que “la tendencia de atraso cambiario es preocupante y no vemos que se revierta fácilmente”. El informe señala que con la liquidación estacional de divisas del campo –incluso favorecida por un mejor precio de la soja, que ya está en US$420 por tonelada, y la mayor demanda de dinero por el incremento de encajes bancarios dispuesto por el BCRA ($60.000 millones)– “la presión existente sobre el dólar a la baja se mantendrá en el corto plazo”.

“Este año va a ser de atraso cambiario y el año que viene también”, pronostica Hirsch. Sin embargo, aclara que “la mayor tensión sobre el tipo de cambio se va a producir hasta fin de julio” y a partir de agosto aflojará un poco la oferta de dólares. Será un alivio que no compensará la pérdida de competitividad de la industria argentina. “En cuanto a la política macroeconómica, no creo que el Gobierno haga algo por la competitividad”, consideró Hirsch, al ser consultado sobre este aspecto.

Si se considera el tipo de cambio real multilateral (canasta de monedas de los principales socios comerciales), la competitividad por vía cambiaria no varía sustancialmente. Un documento de Econviews sostiene que “el tipo de cambio real multilateral se apreció 12,1% desde la unificación cambiaria, implicando una fuerte pérdida de competitividad para las economías regionales”.

Econviews destaca que en mayo el TCRM se apreció 6% “en un contexto donde el resto de las monedas emergentes se depreció en promedio 4,6%”. En lo que va de junio esta tendencia se revierte un poco por el fortalecimiento del real brasileño, en torno a 5%.

Lluvia de dólares Para Martín Polo, economista jefe de Analytica, “hay un exceso de oferta de divisas que genera una presión a la baja del tipo de cambio nominal”. De esta manera, cree que el atraso cambiario llegó para quedarse porque Argentina hoy está en un nuevo ciclo, ha dado señales de integración a los mercados y “puede aprovechar el enorme exceso de liquidez que hay en el mundo”.

En su opinión, los dólares van a llegar por la emisión de deuda –sólo las provincias ya emitieron títulos por casi US$5000 millones– inversión de cartera, inversión extranjera directa y préstamos internacionales. “Este modelo cierra con ingreso de capitales”, señala Polo, pero a renglón seguido destaca que se delinea un nuevo mapa de ganadores y perdedores. “Las pymes y la industria en general están más complicadas y ganan el agro, el sistema financiero, el sector energético y los servicios públicos”, apunta el economista.

Ramiro Castiñeira, analista de Econométrica, sostiene que muchas veces cuando la Argentina se abre a los mercados lo hace con un tipo de cambio relativamente bajo que “pone estrés sobre la industria” y recuerda que “hoy no se sabe cuál es el dólar de equilibrio, eso depende de todo el programa económico”.

Castiñeira cree que hay mucho para corregir para que la industria sea competitiva, como la carga tributaria, los costos logísticos y laborales, y la tasa de interés. Lo cierto es que “este tipo de cambio nos pone en la situación de ni siquiera poder defender el mercado interno, ya no ganar nuevos mercados”, indica.

Algo de eso ya está pasando. Un empresario pyme, fabricante de manufacturas de cuero, típico producto adquirido por turistas extranjeros que llegan a nuestro país, reconoce que “el año pasado los turistas venían con dólares billete y los cambiaban a $16, hoy los cambian a $14 y ya no les conviene tanto, así que para el sector turístico el año pasado éramos más competitivos que ahora”.

Hace unos días la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) emitió un comunicado alertando sobre el impacto de las importaciones, en especial las provenientes de mercados asiáticos, en diferentes industrias. “Favorecida por un tipo de cambio que quedó planchado frente al incremento que tuvieron los costos de producción locales, la importación vuelve a ser conveniente”, destaca el informe.

Según el relevamiento de CAME sobre 300 pequeñas y medianas industrias, el 79,2% asegura que la apertura de las importaciones representa una amenaza para su empresa, en tanto que 49,5% considera que en el último trimestre perdieron ventas frente a los productos importados. Como contracara, un 17% destaca que el fenómeno les permite conseguir materia prima a mejor precio o adquirir insumos y equipos que no se fabrican en el país.

Fuente IECO