Al gobierno provisorio de Michel Temer le cuesta hacer pie en la turbulenta realidad brasileña. Ayer, el presidente interino reveló que por ahora no piensa enfrentar al gremialismo, especialmente al grupo más importante de sus seguidores, Fuerza Sindical. Luego de una reunión, en el Palacio del Planalto, con el líder de esa organización, el diputado Paulo Pereira da Silva, resolvió montar un “grupo de trabajo” para estudiar dos proyectos: los de reforma laboral y del sistema previsional.

Acompañado por algunas federaciones laborales de menor entidad, como la Unión General de Trabajadores (UGT), el parlamentario Paulinho, amigo personal del diputado suspendido Eduardo Cunha, puso un freno a las intenciones del “grupo temerista” de avanzar en ambas flexibilizaciones.

Es que además, los gremialistas recibieron informes atemorizantes de parte del ministro de Hacienda, Henrique Meirelles. Este previó que el desempleo en 2016 debe llegar a 14%. La cuenta causó sorpresa, porque el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE), similar al Indec de Argentina, calculó que en este año alcanzará 10,9%. El funcionario lanzó la misma cifra en una entrevista concedida el domingo a la TV Globo.

No fue éste, sin embargo, el único tropiezo del primer día hábil de ejercicio de la presidencia brasileña. Al llegar al poder para reemplazar a la presidenta Dilma Rousseff, que debe defenderse en el proceso de impeachment, Temer sufre ya las peleas dentro de su flamante gabinete.

El ministro Meirelles cometió tal vez una imprudencia comunicativa, al declarar el viernes último a la prensa que necesitaba imponer un nuevo tributo: la Contribución Provisoria al Movimiento Financiero (CPMF), públicamente detestado por el empresariado brasileño, especialmente el del poderoso Estado de San Pablo.

Lo cierto es que ayer, su colega de la secretaría General de la Presidencia, Geddel Vieira Lima, rechazó la estrategia: “Este no es el momento para recrear el impuesto (CPMF). Pero claro, ésta es una posición personal. Si fuera finalmente propuesto, deja de ser una convicción individual y pasa a ser una postura de gobierno. Entonces hay dos alternativas: o me voy (del gobierno) o defiendo la aprobación de ese gravamen”.

Cuando los periodistas le preguntaron si creía que había posibilidades de un retorno de Dilma Rousseff a la presidencia, dentro de los seis meses que debe durar el juicio político, evaluó como “muy poco probable” esa alternativa porque, según expresó “hubo una manifestación clara en el Congreso y en las calles”.

Afirmó, también, que Dilma “no tendrá condiciones de gobernabilidad”. Finalmente, y sin tomar en cuenta que Temer fue vicepresidente durante 5 años y medio, Vieira Lima soltó: “Recibimos un país que es un caos”. Lo dijo ante los micrófonos de Radio Metrópolis, de la ciudad de Salvador.

Esta semana, el ministro de Planificación Romero Jucá (que con Geddel Vieira y con Temer completa el triángulo del poder), debe resolver dos cuestiones clave: la votación del proyecto que permite ampliar el déficit fiscal. Los números, según se afirma, serán bien superiores a los 27.000 millones de dólares que pretendía la presidenta Rousseff.

El déficit se iría, en principio, a 34.200 millones de la divisa norteamericana. Con la bruta caída de los ingresos, vía recesión aguda, no habría manera de afrontar semejante déficit con reducción de gastos. Además, por lo que se ve hasta ahora, las decisiones tomadas por Temer para reducir el número de ministerios “no son más que cosméticas”, según evalúan los medios brasileños.

Desde que asumió como “presidente en ejercicio”, el vicepresidente se vio envuelto en otros percances, algunos bien curiosos. Probablemente, estos fueron resultados de una titularidad en el máximo cargo del país que no se ganó en elecciones generales.

El hijo de Michel Temer, de 7 años, fue quien eligió el logotipo del “nuevo gobierno”. De acuerdo con los diarios brasileños, es “una versión idéntica a una antigua bandera de Brasil, que fue izada entre los años 1964-1985”; o sea, en el período dictatorial.

En ese lapso de 21 años, ondeó en los mástiles un estandarte con una esfera que fluctuaba encima de la palabra Brasil, con solo 22 estrellas. Con la llegada de la democracia, las estrellas subieron a 27, en representación de la totalidad de los estados provinciales.

Fuente Clarin