Si uno tuviera que creer a Paul Singer, pagar intereses de 8% por endeudarse es lo mismo que tomar prestado al 1%; estar aislado durante años del mercado financiero mundial no tiene ningún efecto secundario; y los inversores que compran deuda en default (o sabiendo que está a punto de entrar) deberían estar tan protegidos como el inocente jubilado que invirtió en bonos sus escasos ahorros.

En el diario financiero The Wall Street Journal, el líder de los fondos buitre que litigó contra Argentina durante más de diez años, publicó hoy “Lecciones de nuestra guerra de bonos”. En la polémica columna de opinión, Singer comete el desliz de olvidar leyes fundamentales de las finanzas y se pinta frente al lector como un adalid de los mercados emergentes.

Una explicación previa para entender sus argumentos: en el caso de los fondos buitre contra Argentina, dos fallos del juez de Nueva York Thomas Griesa hicieron pensar a la comunidad internacional que las futuras reestructuraciones de deuda podrían dificultarse mucho.

El primero fue la original interpretación de Griesa de la pari passu (una cláusula genérica para tratar a todos los acreedores por igual), que le permitió obligar a Argentina a pagar a los buitres.

El segundo, bloquear en 2014 los pagos con que el Gobierno atendía los vencimientos de títulos reestructurados en 2005 y 2010, haciendo que Argentina entrara, a su pesar, en una especie de segundo default.

¿Qué bonista aceptará una quita en su bono en futuras reestructuraciones? ¿No será mejor esperar a que un juez como Griesa fuerce el pago total? Esa sería la pregunta a la que responde Singer en su columna de hoy.

“Si no fuera posible ejecutar los acuerdos, los bonos soberanos de países con historial de crédito cuestionable se derrumbarían hasta niveles cercanos a cero en cuanto aparezca el primer problema. Después de todo, ¿quién va a querer quedarse con esos bonos cuando sus tenedores no pueden hacer valer sus derechos y los emisores pueden pagar el precio que deseen y a los acreedores que deseen?”, escribió.

Singer parece haber olvidado en su argumentación que la decisión de un default no es ligera ni alegre: los países que se ven forzados a tomarla saben que tendrán que pagarlo con creces, en forma de mayores intereses la próxima vez que quieran pedir prestado, cuando no directamente de bloqueo al mercado internacional de deuda.

También se olvida de que los altísimos intereses que ofrecían los bonos argentinos poco antes de entrar en default estaban directamente relacionados con el riesgo de impago en que incurría quien los comprara. Poca gente entró en 2001 a comprar títulos de deuda argentina y los que lo hicieron, como Singer, sabían perfectamente a qué estaban jugando.

En el párrafo siguiente, el dueño del fondo Elliott se refiere sin rodeos a lo que le da miedo: “Algunos países quieren incluir cláusulas en sus bonos que obliguen a los bonistas minoritarios a seguir el acuerdo votado por la mayoría”.

Se refiere a las cláusulas de acción colectiva que desde 2014 se están incorporando en las emisiones de deuda para blindarse frente a los buitres (siempre minoritarios).

Singer admite el derecho que tiene cada país para diseñar los títulos de deuda como le parezca mejor pero les advierte, como si lo hiciera por ellos, de que será perjudicial: “Muy probablemente el mundo verá cómo se achican los préstamos soberanos”.

Si fuera cierto su pronóstico, se tendría que haber achicado el crédito también dentro de todos los países donde existe la bancarrota, esa regulación que permite al deudor en problemas aliviar parte de su carga. Una legislación que también interesa al acreedor (de otra forma, no sería tan universal): gracias a ella consigue al menos parte de lo que se le debía.

El crédito no se seca, como vaticina Singer, sino que sube de precio. Para evitar ese costo, que se mide en miles de millones de dólares, los países no incumplen con sus acreedores cada vez que lo desean. Y Singer lo sabe bien. El default es su negocio.

Fuente