En los últimos doce meses el precio del barril de crudo a nivel internacional cayó un 50%, una baja que en la mayoría de los países se reflejó en las pizarras de los surtidores. En contraste, desde agosto de 2014 en Argentina los precios de la nafta y el gasoil subieron 8,7%, aun a pesar de la rebaja temporal del 5% que el Gobierno decidió en enero pasado. En lo que va del año, ya se autorizaron siete aumentos en naftas y gasoil, una tendencia opuesta a la del resto de la región. De esta manera, los consumidores terminan subsidiando a la industria petrolera local.

Hay al menos dos razones que explican por qué las naftas no bajan si cayó el barril de crudo. En primer lugar, la fuerte carga impositiva que tienen los combustibles en el país y que los analistas estiman en un 65% del precio final. Así, al objetivo recaudatorio se suma que el crudo, como insumo, tiene una incidencia secundaria en la estructura de costos, lo que reduce los márgenes de maniobra ante una baja transitoria del barril a nivel internacional. Pero hay algo más, y es que en Argentina rige una suerte de precio blue para el petróleo que compran las refinadoras que operan en el segmento downstream.

Mientras en el mercado global el crudo Brent –tomado en Argentina como referencia– cotizaba al cierre de esta edición a US$48 el barril, aquí rige un precio sostén para los productores (upstream) de US$77 (el tipo Medanito de Neuquén), fijado a fines de 2014. Es un precio que supera en 60% el valor internacional y beneficia a los productores, en especial YPF, y a las provincias petroleras por las regalías.

Este precio regulado rige hasta fin de año, pero a principios de setiembre el candidato presidencial Daniel Scioli se comprometió ante los gobernadores nucleados en la Organización Federal de Estados Productores de Hidrocarburos (OFEPHI) a mantener los precios sostén, tanto para el petróleo como para el gas nuevo (US$7,5 el millón de Btu), en caso de ser electo.

Precios vs. volatilidad Como resultado de la política de desacople del precio internacional del crudo, nuestro país tiene hoy una de las naftas más caras de América Latina. Según datos de Global Petrol Prices, Uruguay lidera el ranking con US$1,47 por litro de nafta, seguido por Argentina (US$1,35), Cuba (US$1,33), Chile (US$1,18) y Costa Rica (US$1,14). La lista la cierra Venezuela, con un insólito valor de US$0,02 por litro. En el mercado del diésel, Argentina ocupa la cuarta posición, detrás de Uruguay, Belice y Surinam.

Al margen de esto, también hay gran disparidad de precios al consumidor en el país. Un informe de Economía & Regiones destaca que mientras la nafta súper costaba en julio (antes del último aumento) $9,06 en Tierra del Fuego, en la Ciudad de Buenos Aires estaba a $12,15 y en Corrientes trepaba a $14,08.

Para los detractores de esta política de precios, el desacople del valor internacional perjudica a los consumidores, encarece los fletes y tiene un impacto en el sector productivo, ya que el gasoil es utilizado en camiones, tractores y maquinaria agrícola. Por su parte, quienes apoyan la medida apuntan a limitar la volatilidad del mercado petrolero e incentivar y sostener la actividad exploratoria y extractiva, con un ojo puesto en los recursos no convencionales de Vaca Muerta. Algunos análisis estiman que el shale es rentable con un barril por encima de los US$70.

El ex secretario de Energía, Daniel Montamat, asegura que el precio interno de este “barril criollo” surge de intereses de las provincias y del “Gobierno nacional para que las cuentas de YPF luzcan bien y tener caja para seguir en Vaca Muerta”. Las consecuencias son que “el consumidor paga precios más altos, y se pierden las referencias de costos al no tener la referencia internacional”.

Por su parte, Emilio Apud, experto en el mercado energético, estima que “esta es una política oportunista y cortoplacista”. Sugiere que el próximo gobierno deberá hacer “una reforma del sector energético” con leyes regulatorias para la inversión y “volver a tomar la referencia internacional, pero hay que ver en qué plazos se hace”.

Desde la otra vereda, el analista Nicolás Gadano considera que “hoy el mercado de crudo tiene un shock de oferta por el shale y la OPEP no actúa, con una demanda que se puede debilitar. Esto genera una gran volatilidad, no es común que de un año al otro los precios caigan 60%”. Y explica que esta volatilidad “es mala para el consumidor y también para los productores, según suban o bajen los precios”.

En este contexto, Gadano entiende que la mayor previsibilidad del precio sostén favorece la inversión y cree que “el desafío ahora es bajar los costos y mejorar la eficiencia”. Pero afirma que si los actuales precios del crudo “se mantienen por dos o cuatro años, en algún momento Argentina debería hacer converger sus precios internos”.

Víctor Bronstein, director del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad, recuerda que “cuando se invierte la tendencia de precios altos en 2014, el Gobierno decide sostener el precio con el objetivo político y estratégico de mantener las inversiones de las empresas”. Admite que hoy “es más barato importar petróleo que producirlo en el país”, pero asegura que “este precio de US$40 a US$50 no va a durar mucho”. La apuesta del sector es potenciar la exploración en Vaca Muerta, esperando que el crudo se estabilice en un precio más cercano a los US$70/72 por barril de fines de 2014.

Entretanto, en medio de la campaña electoral los candidatos no dan demasiadas señales sobre su eventual política energética. Para después de los comicios está casi descontada una devaluación del peso y nadie sabe qué pasará en ese caso con el precio interno de los combustibles.

Hay poco margen para que la nafta y el gasoil ajusten a la misma velocidad que el tipo de cambio. Y con tantos interrogantes en el horizonte, muchas petroleras están enfriando sus planes de inversión, a la espera de noticias concretas.

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