Es el peor tropiezo de la economía brasileña en 26 años; es también la recesión más prolongada desde 1990. Así lo confirmó oficialmente, ayer por la mañana, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE) al anunciar que el Producto Bruto Interno de Brasil retrocedió en 2015 nada menos que 3,8 por ciento. La actividad productiva del país está sometida a un estrés que figura entre los más prolongados en cuatro décadas: lleva ya 7 trimestres. La anterior, en el bienio 1989-1990 coincidió con el primer año de gobierno del ex presidente Fernando Collor de Mello, desalojado del poder mediante juicio político en 1992.

El año pasado, bajo la gestión del ex ministro de Hacienda Joaquim Levy, la estrategia ensayada por el ortodoxo economista produjo como resultado el fenómeno que se conoce como “estanflación”, es decir el estancamiento (o retroceso) acompañado por un rebrote inflacionario.  Fue una combinación de las siguientes políticas: fuerte devaluación del real, de más del 60 por ciento; suba de tarifas; corte de gastos públicos; aumento de las tasas de interés; vertiginosa caída del consumo doméstico (4 por ciento) y disminución abrupta de la recaudación impositiva. A esto se le adiciona un derrumbe significativo de las inversiones productivas de 14,1 por ciento. Aunque muchos de estos datos se presumían, ahora hay una certeza. Y es que el proceso no será revertido en 2016, cuando se espera una declinación del mismo tamaño que la de 2015.

Ayer, desolado con el impacto noticioso, el gobierno publicó un comunicado del equipo del ministro Nelson Barbosa. En la versión oficial, “la caída de la actividad económica en 2015 fue fruto de la baja (sustantiva) de los precios de las commodities; la crisis hídrica del país; las desinversiones en construcción civil, como también en la cadena de petróleo y gas”.

El informe oficial añade a esto “el ajuste económico necesario y realineamiento de los precios relativos de la economía”. Después de este diagnóstico, ofrece una visión más positiva de lo que puede ocurrir en el tercer trimestre de este año. Los factores señalados “no se deben repetir con la misma intensidad” y, por lo tanto, luego que “sus efectos se absorban plenamente” la economía brasileña “se estabilizará” a partir de agosto para presentar un crecimiento entre octubre y diciembre.

En el mismo lenguaje ligeramente “optimista”, el ministerio económico brasileño señala que “los shocks mencionados tienen resultados positivos para la economía en el largo plazo”.  Alude, específicamente, al “realineamiento de los precios relativos (especialmente, el tipo de cambio) que contribuyó para el reequilibrio del sector externo”.  En la explicación, el ministro Barbosa indicó que por primera vez desde 2006, las exportaciones contribuyeron en forma positiva para el crecimiento. Es, con todo, sorprendente la confirmación del tamaño del ajuste producido en 2015: “El esfuerzo fiscal fue de 2,3 por ciento del Producto  Bruto Interno” admitió el funcionario, quien reemplazó a Levy a fines del año pasado. Reconoció como “un gran desafío” la recuperación de la demanda interna. Pero apostó a “las iniciativas” que adoptaron los últimos dos meses y que, en principio, deberán producir “la estabilización de los ingresos y el empleo”.

La magnitud del derrape es comparable únicamente a los sufridos, en el mundo, por Rusia, Ucrania y Venezuela. La economía de este país caribeño registró una tasa negativa de 5,7 por ciento, que fue empujada en lo fundamental por el derribe de los precios del petróleo en el mercado internacional (-47 por ciento en apenas un año). Otro tanto ocurrió con el Producto Bruto ruso, también dependiente de las cotizaciones del crudo. Pero en este caso la magnitud fue menor: -3,7 por ciento.

A pesar de los esfuerzos del gobierno de la presidente Dilma Rousseff, nada sugiere una recuperación saludable para este año. Se sabe que habrá un “efecto arrastre” de entre 2 y 2,5 por ciento del Producto BrutoI, que determinarán ya el piso del retroceso durante el año de 2016.  Otro dato que contrasta con las expectativas gubernamentales es aquél que asigna a la devaluación un papel si se quiere trascendente en la recuperación del sector externo. Esto, efectivamente, ocurrió. Pero no alcanzó en lo más mínimo para detener la hemorragia de la desinversión y sus consecuencias nefastas en el sector industrial, que registró una caída de 6,2 por ciento.  Es el peor retroceso desde 1996. Desde luego, todo esto tiene un impacto político ponderable. Por un lado, parece dar aliento a la oposición para demandar la renuncia de Rousseff. Pero también es cierto que más preocupados por el empleo, sus ingresos y el alza de los precios, el brasileño dejará de protestar en las calles. Sólo les quedará a las encuestadoras medir el enojo social.w

Fuente Clarin