La primera vez sorprende y hasta escandaliza. La idea de pagar como mínimo un 18% de propina parece un exceso. Algo injustificado. Y ese porcentaje a veces es el menor entre las opciones que se le ofrecen al cliente —de manera no obligatoria, pero casi sin vía de escape— junto con la cuenta del restaurante o el bar. Los otros casilleros pueden indicar 20%, 25% o más, y nadie levanta las cejas. Con el tiempo pasa a ser un dato más de la realidad norteamericana, otro extra, tan inevitable como los impuestos.

A ningún dirigente político en Estados Unidos se le ocurriría pedirle a la clase media y media alta que pague más propina. La “solución Carrió” para tiempos de dificultades económicas ya está de alguna manera incorporada a los usos y costumbres. Se sobreentiende que el mozo, el peluquero o el taxista reciben una propina. Es un acuerdo tácito que se respeta a rajatabla. Y se sobreentiende también que, para quien ofrece un servicio, esa propina representa una parte importante de sus ingresos.

La transferencia global de recursos que esto significa fue calculada en unos USD 36.400 millones anuales por el Instituto de Políticas Económicas (EPI, en inglés), un centro de análisis de esta capital. Es un botín gigantesco, al que muchos comercios querrían echar mano para engrosar ganancias y abaratar costos.

Un informe elaborado recientemente por el EPI a partir del análisis minucioso de los pagos hechos con tarjetas de crédito en siete cadenas estadounidenses de restaurantes encontró que la propina promedio en este país es de 14,2% de la cuenta.

El desglose simplificado indica que 24% de los clientes paga propinas inferiores al 15%; 22% paga propinas de entre el 15 y el 18%; 20% pagan propinas de entre 18 y 20%, y 34% de los clientes pagan propinas de más de 20% de la cuenta. Pero esto no incluye a quienes no dejaron ninguna propina y se expondrían a recibir una reprimenda de Elisa Carrió.

¿Contribuiría la solución de la diputada de Cambiemos a una mejor distribución de los recursos? Aunque las realidades económicas de ambos países son muy distintas, el mismo estudio del EPI que por un lado destaca la importancia económica de las propinas en Estados Unidos quizá le echaría al debate una gota de ácido.

Según destaca, los datos recogidos muestran que, si bien los comercios tienen prohibido por ley apropiarse de las propinas de sus empleados, muchos lo hacen. No es algo que pueda sorprender en la Argentina.

Una muestra tomada en tres grandes ciudades —Chicago, Los Angeles y Nueva York— determinó que esto le ocurre al 12% de los trabajadores. Y a eso se añade el hecho de que, porque reciben propinas, muchos empleados cobran sueldos que están por debajo del salario mínimo. Cuanto esto pasa, la transferencia de recursos no va de las clases más acomodadas a los empleados sino a los dueños de los comercios.

Una propuesta del Departamento de Trabajo norteamericano difundida en diciembre pasado contemplaba legalizar la apropiación de las propinas por parte de los empleadores para que éstos las repartieran luego entre los trabajadores que no las reciben, como en un restaurante ocurre con cocineros y lavacopas por ejemplo.

Pero en su redacción la norma no obligaba a los establecimientos a repartir ese dinero siempre y cuando sus empleados ganaran al menos el salario mínimo. En los hechos, esa apropiación de propinas hubiera representado un multimillonario blanqueo de lo que muchos empresarios gastronómicos hoy hacen por izquierda. En los Estados Unidos y en la Argentina también.

Fuente | Infobae