Si se debiera caracterizar de manera rápida a la macroeconomía argentina, podría decirse que es una economía que ha logrado mostrar una reactivación respecto al estancamiento característico del período 2012-2016, pero que pesan sobre ella dos desequilibrios de gran magnitud que son necesarios corregir: un déficit fiscal que a números del 2017 llegó a un 6% del PBI y un déficit externo que registró otro 5% acumulado en el período pasado.

Conscientes de esta situación, la estrategia del Gobierno fue el gradualismo: es decir, la corrección de ambos desequilibrios de manera paulatina. Esta estrategia implica un proceso más largo de dependencia externa, en cuanto a la financiación de ambos desequilibrios, mediante la acumulación de deuda pública y la recepción de capitales internacionales. A las sugerencias de cambios fuertes y rápidos, el Gobierno opuso un camino más largo y lento.

Hasta el momento, los planes han funcionado a medias: el déficit total que era de un 6,2% del PBI a fines de 2015 cerró en 6% el año pasado. Gran parte de la caída del déficit primario (de 4,8% a 3,9% del PBI) fue compensado por el pago de mayores intereses reduciendo la capacidad de ahorro global del Gobierno. Por su parte, el déficit externo, tuvo un importante incremento el año pasado como consecuencia de una economía en pleno crecimiento.

En los últimos 15 días, por factores internos y externos, comenzó un proceso de reversión de los capitales que financiaban estos déficits, generando presión sobre el mercado cambiario. El Banco Central intervino de diferentes maneras para calmar al mercado pero la presión continuaba. Dado este contexto, el equipo económico, junto al presidente de la Nación, resolvió acudir al FMI para acordar un préstamo sobre el cual aún hay muchas cosas por definir, y solo se conocen hipótesis.

El objetivo de esta gestión es contar con un respaldo importante para mostrar al mercado y generar la confianza de que una continuación de las turbulencias externas podrá ser sobrellevada sin mayores sobresaltos. Por sobresaltos entiéndase un contagio desde la volatilidad cambiaria y financiera hacia la economía real que provoque una recesión, hasta un giro forzado en los ajustes que el Gobierno pretende ejecutar de manera gradual en los próximos años, debiendo ejecutarlos a modo de shock, lo que también golpearía a la actividad económica.

Pero al mismo tiempo, y en base a los informes elaborados por el FMI, deberá avanzarse con algunos retoques. Particularmente en la revisión de 2017, el organismo internacional hizo hincapié en lo que definió como una mejora del “mix de políticas”, aclarando que no se necesitaría un endurecimiento de todas las políticas sino una coordinación mayor. Esto implicaría, según el FMI, una política fiscal que acelere algo la convergencia hacia el equilibrio fiscal (es decir, un endurecimiento) combinado con una política monetaria menos dura, en particular medida con respecto a la tasa de interés.

En esta visión, al ofrecer tasas de interés altas para intentar reducir de manera rápida la infla
ción, la política del BCRA generó una entrada de capitales desde el exterior (que se sumó a los dólares conseguidos por Finanzas) que apreció el peso, fortaleciéndolo a niveles no sostenibles con el equilibrio externo. Es decir, si bien el FMI comparte la visión sobre la causalidad entre déficit fiscal y externo, en la transición, una política monetaria muy dura estaría atrasando el dólar y desequilibrando aún más las cuentas externas. Con estas observaciones hechas hace pocos meses, podemos comenzar a hipotetizar sobre cuá-les son los posibles cambios sugeridos por el FMI a la política económica.

*Economista y Director de Invecq Consulting S.A.

Fuente | Cultura Invest